Las engañosas dimensiones del trabajo y su inminente fin.

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Una de mis conversaciones preferidas resulta de discutir el concepto del “trabajo”. Este interés viene precisamente de mi aversión a trabajar cuando no hay necesidad de hacerlo. Lo anterior no es para nada contradictorio pues resulta natural el cuestionar y analizar a mayor profundidad las cosas con las que no estamos de acuerdo, especialmente cuando estas forman parte tan esencial de nuestra vida.

Es claro que la frase “odio trabajar” o más precisamente, “odio mi trabajo” no es para nada algo novedoso o disruptivo. Compartir memes de lo odioso que es levantarnos el lunes para llenar nuestras oficinas por más de diez improductivas horas se ha vuelto cliché.

En la tradición de un frenético presente que se mueve por inercia, lo anterior no pasa de esa ligera molestia reducida en su condición fisiológica de leve incomodad. Pero si observamos detenidamente los procesos históricos del trabajo y su evolución –o retroceso- entonces el tema comienza a cobrar una complejidad deliciosa.

Sin pretender explicar aquí el devenir laboral de los últimos cien años, es fácil de entender que hoy se tiene el potencial tecnológico para automatizar la mayoría de nuestras mundanas actividades. La tecnología se encuentra en una época en dónde es posible resolver tareas tan burdas como atender una mesa en un restaurante de comida rápida hasta cosas tan sofisticadas como generar un diagnóstico médico y realizar una operación por medio de la tecnología.

Esto tiene implicaciones severas, pues ponen en puerta la opción de reconfigurar por completo la forma en la que trabajamos, lo que equivale a reconfigurar por completo la actividad que ocupa más del 50% de nuestra vida. Así como la revolución industrial era vista con recelo por miles de obreros temerosos de ser desplazados, así las visiones aterradoras de un mundo en dónde somos redundantes han desviado la conversación… o más bien, la pregunta. ¿Por qué consideramos el trabajo un fin? ¿Qué pasaría si dejáramos de pensar en términos de una necesidad, mayormente artificial, de ganarnos la vida?

Las preguntas anteriores tienden justificadamente a generar reacciones contrarias. Una razón de peso es que históricamente el trabajo ha formado nuestra identidad. Somos (o éramos) nuestra profesión. Nos definíamos en base a lo que hacíamos, de tal suerte que arrancar el trabajo de nuestras vidas implicaría una cierta pérdida de identidad y propósito.

El segundo gran miedo es el posible colapso de la economía, como si esta fuera algún tipo de ecosistema misterioso, natural e inmanente a la existencia misma. También hemos olvidado que el arreglo económico actual, ese sistema de producción y consumo basado en capital, se consolido por ahí de la segunda guerra mundial lo cual, en términos históricos, es hace un par de semanas.

Es difícil pensar en una economía sin trabajo pues hay que de inmediato hacer el salto a una economía sin dinero. ¿Cómo entonces podríamos evaluar estatus, éxito y bienestar? Una pregunta con su dejo de sarcasmo, y como todo, su dosis de realidad. Es tan natural equiparar valor con dinero que pareciera que no hay forma de desvincularlos. Ganarnos la vida es precisamente eso, ganar dinero para intercambiarlo por bienes y servicios y así sobrevivir. En siglos pasados ganarse la vida podía significar trabajar la tierra, hacer ciencia, arte, ir a la guerra o, como en el caso de los nobles, no hacer nada. Curioso que en esas épocas menos “civilizadas” trabajar era visto como un estigma más que como una bendición o como una medalla de anticuada moralidad.

Ahora incluso los proyectos auto-denominados socialmente innovadores se siguen midiendo en términos de dinero, no en términos de valor. Si, tienen una dimensión social, pero siempre suscrita primero a la dimensión económica. Usar los términos como sinónimos enturbia la conversación y esconde verdades significativas. En una realidad dónde el dinero es lo que dictamina lo valioso, aquellos con grandes cantidades de este determinaran qué es lo que requiere la sociedad. Como argumenta David Graeber, esto explica porque es más redituable ser un abogado corporativo que un profesor de secundaria. Objetivamente poco tiene que ver con el “valor” de su trabajo, sino con el valor percibido en dinero de quién posee el capital y decide dónde colocarlo.

Lo anterior nos liga nuevamente a la parte económica, en dónde la ideología capitalista –y no su realidad- indicarían que las legiones burocráticas de gestores pertenecen únicamente a las ineficientes y obsoletas filas del gobierno; sin embargo, refiriendo nuevamente a Graeber:
 

A recent report comparing employment in the US between 1910 and 2000 gives us a clear picture (and I note, one pretty much exactly echoed in the UK). Over the course of the last century, the number of workers employed as domestic servants, in industry, and in the farm sector has collapsed dramatically. At the same time, “professional, managerial, clerical, sales, and service workers” tripled, growing “from one-quarter to three-quarters of total employment.” 

Es decir, se ha generado un alza en las posiciones gestoras y burocráticas de la economía a la vez que los puestos que generan valor agregado disminuyen. El más claro ejemplo son las Universidades, en donde el personal administrativo compone la mayor parte del sobre-inflado costo de la educación superior. Estamos creando empleos redundantes por el solo hecho de generarlos, no porqué aporten valor. Puede entonces seguirse fácilmente el argumento de Graeber que el mantenimiento y generación de este tipo de empleos no es una cuestión económica sino política y moral.

La cultura “Godínez” como material de memes de internet resulta hilarante por su peligrosa cercanía a la realidad. Es un sutil recordatorio de que la mayoría de nuestros trabajos son insignificantes y se entiende entonces el porqué de su precarización.

Por un lado tenemos a un mínimo porcentaje de esos gestores haciendo millones al año por “dirigir” procesos, tareas y equipos que les es imposible entender; mientras que los actores ejecutores reciben una ofensiva fracción de las ganancias bajo la retórica de que sus labores son de “baja habilidad”; cómo si el ganar experiencia en términos administrativos rimbombantes al tiempo que se iteran políticas gestoras ambiguas fuera algo reservado para grandes genios.

La explosión de la economía emprendedora no es una coincidencia atribuible a una supuesta búsqueda generacional de propósito; sino una respuesta socio-económica a la lamentable condición de los empleos del ciudadano promedio.  Es una transición histórica que marca el fin del concepto tradicional de empresa; pero que aún no deja de lado las falsas nociones aspiraciones de valor e impacto únicamente a través del dinero.

Las alternativas aún no son del todo claras, pero la economía colaborativa es un concepto refrescante y que ha dado sus primeros pasos con el fenómeno de crowdfunding. Ejemplos como la economía del bien común o la economía solidaria indican un cambio de visión de económico y social; sin embargo no ha sido suficiente para abolir las nociones tradicionales del trabajo. Otros discursos que apuntan a las ventajas directas de reducir la jornada laboral y basar la economía en tiempo y no en dinero comienzan también a cobrar visibilidad.

Sin embargo la reconfiguración que estamos viviendo ha ocurrido más rápido de lo que podemos hacer sentido de ella y nuevas dimensiones económicas, en apariencia revolucionarias, siguen la misma inercia de externalización de costos que han hecho que el trabajo a todos los niveles sea cada vez más riesgoso y menos renumerado.

La imagen que apunta las similitudes de enfoque entre Uber, Facebook, Alibaba y Airbnb se comparte como una bandera aspiracional de éxito. Estas compañías valuadas en billones de dólares han sido exitosas con modelos de servicio, externalizando todo lo referente a trabajadores, activos fijos, gestión o incluso en la generación de sus productos, como el caso de Facebook dónde el usuario ensimismado en la plataforma y la información que genera es tanto el producto como el productor.

Esta comparación es reveladora si la observamos con detenimiento, pues engloba el punto de inflexión que representan estos paradigmas económicos y nos obligan a plantear nuevas preguntas relevantes y complejas. ¿Qué es más importante: la tecnología, el valor o sus impactos? Puede sonar extremo pero hay una decisión latente de elegir entre la tecnología o la humanidad.

Tomemos el caso de Uber o Airbnb (este segundo desplazando la opción comunitaria de CouchSurfing). Como menciona la imagen, ni Uber ni Airbnb tienen inmuebles o vehículos. Son básicamente una plataforma de software que genera un servicio. Tienen una responsabilidad mínima y normalmente ambigua ante los riesgos de las actividades que generan. Están efectivamente desvinculadas de la actividad real que ayudan a desempeñar, enfocándose nuevamente en una engañosa generación de “valor” para el sector inversionista, la cual no permea de forma tan efectiva hacia los verdaderos prestadores de servicio, quiénes invierten su tiempo, ponen su patrimonio y toman prácticamente todo el riesgo para generar una actividad laboral sin seguridades, garantías o protecciones mientras que estas gigantescas plataforma a todas luces van generando un potencial monopolio en sus sectores. La pregunta nuevamente se genera, ¿Uber es valioso para quién? ¿Todos esos billones de dólares que representan? Y, por supuesto, ¿a quién benefician?

Todos los ejemplos de la imagen son concentradores de recursos, poder y actividades. Son en apariencia colectivos y abiertos, pero simplemente son formas efectivas de externalizar riesgos y concentrar ganancias. Por eso valen tanto, porque son increíblemente valiosos para la gente que controla el capital. Son maquinarías de precarización muy depuradas y efectivas. Generan las mismas problemáticas que están quebrando la economía global en sus respectivas escalas.

El ámbito emprendedor mesmeriza con la mitificación de la tecnología como solución de todos los problemas de la humanidad mientras esconde en las sombras la interacción y producción real de productos y servicios. Cuando hablamos de startups nadie habla de infraestructura, de manufactura, de utilización de recursos, de materia prima, de transporte ni de energía. Nadie presenta el mapa completo sino que en la misma lógica del espejismo tecnológico asumimos eso como dado, presente e irrelevante.

Fuete:  Der Spiegel

Cifras de Der Spiegel del 2010 muestran una comparativa entre el tamaño del mercado de bienes y servicios en comparación con el de los mercados financieros. El segundo es prácticamente mayor por un 1500%, lo cual es preocupante cuando tratamos de interiorizar cuál es valor real que aporta a la sociedad la innovación financiera en comparación con la generación de comida, infraestructura, productos, etc. La pregunta es nuevamente ¿a quién beneficia?

La economía mundial es la más grande en la historia del hombre en parte porqué es 90% deuda. Es decir, vivimos en una burbuja de especulación y volatilidad en la época más tecnológicamente fructífera del hombre. Estamos planeando llegar al espacio mientras que aún no podemos resolver problemas básicos de salud y entender que medicinas y alimentos no son comodidades.

Justo es noticia que Blue Origin, compañía de Jeff Bezos, logró el primer aterrizaje exitoso de un cohete reusable. Parte de lo que más han destacado los medios es la rivalidad que esto genera con Elon Musk, otra figura emblemática y casi mítica del ámbito emprendedor. Al final, el juego de estos ecosistemas tecnológicos, estas empresas innovadoras y estos líderes visionarios no es medido más que en quién tiene la valuación más grande. Y regresamos a la pregunta, ¿qué valor genera esto y para quién?

La intención no es derrumbar esperanzas o encender algún mal entendido sentido de indignación. La línea final vuelve a replantear preguntas que nos digan no qué tan rápido queremos llegar a nuestro destino, sino cuestionar si este es el destino correcto. La tecnología y el tiempo están de nuestro lado, pero estos elementos por sí solo no van reconfigurar la forma en la que vivimos. No se trata de llevar la tecnología a la última de sus consecuencias, sino entender cómo esta puede reconfigurar el trabajo para re-enfocarnos en lo que la comunidad percibe como valioso y no lo que un número reducido de hombres y mujeres con excesivo capital puedan definir como deseable.

El cambio de dirección no vendrá desde arriba. Las compañías establecidas y sus líderes se adaptaran, pero no erosionaran las bases de las torres que ellos mismos construyeron. La “gig economy” es una oportunidad de tomar esta precarización de los trabajos y juntar talento que en la configuración tradicional de empresa no podría haber sucedido. Es hora de innovar no en métodos de generar una valuación más grande, pero en cambiar lo que la sociedad considera valioso. Es hora de optimizar y automatizar todo las tareas repetitivas e inservibles para concentrarnos en nuevas tareas y proyectos que no solos nos regresen el sentido de propósito e identidad, sino que orienten esta transición hacia la generalización y redefinición del bien común y el bien vivir. Esa es la verdadera revolución del trabajo.

Federico I. Compeán

Ingeniero mecatrónico, escritor, filósofo y demás otras actividades clasificatorias que hablan poco del individuo y mucho del entorno en el que se desenvuelve. Su labor reflexiva pretende reposicionar la filosofía como acto y ejercicio de vida; como crítica y acto creativo a la vez.